Relato #4: No Vuelvas


Volví al mismo lugar para escuchar su voz, para volver a ser tocada con aquella mano que derretía mi interior, que erizaba mi piel y convertía todos mis sentidos en uno.

Volví porque aún lo añoraba. Volví porque me sentía muerta y quería volver a la vida.

El era un lobo solitario, el aprendió a vivir solo, a no contar con nadie. Aprendió a alejarse de lo que parecía ser bueno porque sabía que la vida no era pintada en tonos pasteles.

La vida siempre fue oscura para el, y aunque alguna vez intentó ver los colores, con el tiempo aprendió que no existían y que dolía menos si te acostumbrabas a ver en la oscuridad.

El era un lobo solitario... y me enamoré de el.

Yo volví porque quería verlo, quería tocarlo e insistirle que ya no tenía por qué caminar solo.

Que yo era su compañera y que podía aliviar en mi su dolor.

Se que notó mi presencia en la habitación porque su espalda pareció tensarse. Lo toqué muy suavemente en los hombros y recorrí su espalda cuando comencé a notar que desaparecía su tensión entre mis dedos.

Le acaricie por horas, como solía hacerlo hace casi una vida. El cerraba los ojos, disfrutándolo, y yo continuaba sin descanso memorizando cada curva y textura.

Cuando una de sus manos se dirigió hacia mí de manera automática, en vez de recibir una caricia mi piel fue marcada por una herida, una herida que parecía quemar mi piel, ardía y sangraba. La carne se agrietaba y por las espesas hendiduras corría la sangre manchando mi ropa.

Sus ojos asustados y los míos manchados de dolor se encontraron.

Ahora estaba desesperado. Con manos temblorosas, me tocaba con la intención de curarme, pero en cada intento lo que hacia era mancharse a sí mismo más y más con mi sangre. El no podía sanarme y yo necesitaba salir urgentemente de allí.

No sé como hacerlo.” Susurró, la pena y el dolor en sus ojos me gritaban mil veces ‘lo siento’.

No fue mi intención. Esta es mi maldición.



Y al fin comprendí que cometí un error al regresar.

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